La última grabación suya quedó registrada a las 20.52. Tras tomar su medicación, El Chapo se dirigía en ese momento al área de duchas. Allí, fuera de la zona de videovigilancia, inició su fuga. Todo estaba milimétricamente preparado. Oculta bajo una trampilla, se había excavado una boca rectangular, de 2,5 metros cuadrados. Este orificio comunica con un conducto vertical de 10 metros de profundidad, en el que los delincuentes instalaron una escalera. Tras bajarla, Guzmán Loera no tuvo más que pasar al túnel final (1,7 metros de altura y 70 centímetros de ancho) y llegar, bajo luz eléctrica y buena ventilación, hasta un inmueble en obras de la Colonia Santa Juanita. Ahí, desapareció. Atrás sólo quedaron útiles de obra.
El túnel, fruto de meses de trabajo, desata todo tipo de preguntas. ¿Cómo es posible horadar una cárcel de máxima seguridad sin que nadie se dé cuenta? ¿Cuánto tiempo transcurrió hasta que se dio la voz de alarma? ¿Con qué apoyos internos y externos contó El Chapo? El Ejecutivo mexicano fue incapaz de aclarar ninguna de estas cuestiones. El titular de la Comisión Nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, visiblemente afectado, se limitó a leer un comunicado con los datos básicos y recordar que se había puesto en marcha un protocolo de seguridad. Este plan incluyó el cierre del aeropuerto de Toluca, en el Estado de México, donde se ubica la cárcel, así como el despliegue de cientos de policías. Doce horas después de la fuga, el operativo no había dado ningún resultado.
La cárcel de El Altiplano, a una hora en coche del Distrito Federal, forma parte de las leyendas carcelarias mexicanas. En sus 27.000 metros cuadrados se mezclan desde el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, hasta criminales como Servando Gómez Martínez, alias La Tuta, líder de los Caballeros Templarios; el despiadado Edgar Valdez Villarreal, La Barbie; Héctor Beltrán Leyva, El H, o Miguel Ángel Félix Gallardo, El Padrino, el padre de los grandes narcos, incluido El Chapo. De sus rejas jamás se había escapado ningún reo. Considerado inexpugnable, el penal está sometido a vigilancia excepcional y, al menos en apariencia, impone a los presos un intenso control. Este hecho ha motivado episodios tan ambivalentes como la carta firmada en febrero pasado por todos los grandes capos en la que se que se quejaban de sus “indignas e inhumanas” condiciones.
fuente: internacional.elpais.com/